Azhi y el viejo tejedor de alfombras

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En una ciudad donde las casas eran de barro y las tardes olían a cardamomo y rosas, vivía una niña llamada Azhi. Su casa estaba junto a un callejón estrecho donde los murciélagos cortaban el aire al anochecer, y al lado del callejón había un pequeño taller con una puerta azul. Detrás de la puerta vivía el maestro Behrouz, que había tejido alfombras durante tanto tiempo que sus dedos recordaban los dibujos mejor que sus ojos. Tenía las cejas blancas como dos pequeñas gaviotas y una voz que sonaba como miel en un vaso. Cada anochecer, cuando el sol se hundía tras los tejados y la llamada a la oración se apagaba, una suave lámpara de aceite ardía en su ventana. Azhi siempre se detenía fuera y miraba dentro. No sabía que el anciano ya se había fijado en ella.

Una tarde, el maestro Behrouz abrió la puerta y le hizo una seña para que se acercara. 'Te asomas cada noche,' dijo en voz baja. '¿Quieres ver cómo se hace una alfombra?' Azhi asintió en silencio. Dentro del taller olía a lana, a madera y a aceite tibio de lámpara. Un gran bastidor de madera estaba en mitad del suelo, y de él colgaban cientos de hilos, rectos como la lluvia. El maestro Behrouz le puso un cojín en el suelo. 'Una alfombra siempre empieza con hilos en silencio,' dijo. 'Luego viene el dibujo. Pero primero hay que escuchar los hilos.' Azhi se inclinó hacia delante y escuchó.

El maestro Behrouz cogió un hilo de lana, rojo como una semilla madura de granada, y le mostró cómo se hacía un nudo alrededor de dos hilos. Sus dedos se movían despacio para que ella pudiera seguir cada paso. 'Así,' dijo. 'El hilo por detrás, alrededor, a través, y hacia abajo. Después sueltas la punta, la cortas, y empiezas el siguiente.' Azhi lo intentó. Su primer nudo le salió grueso y torcido y colgaba al revés. El segundo, un poco menos torcido. El tercero se le escapó del todo. Pero al cabo de un rato sus dedos empezaron a adivinar bien sin que ella lo pensara. El décimo casi parecía un puntito rojo de verdad. El maestro Behrouz sonrió bajo su barba blanca. 'Así empieza,' dijo suavemente. 'Con muchos puntitos esperándose unos a otros. Ninguno tiene que ser perfecto. Solo tienen que estar ahí.'

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

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