La nana olvidada de la luna

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Era una noche tranquila en una pequeña casa amarilla. Afuera, el viento susurraba en el abedul. Adentro, solo había una lámpara encendida, calentita y dorada. La abuela Vendela estaba sentada junto a la cama. Su nietecito ya dormía, blandito y calentito. Una manita descansaba sobre la colcha. Vendela quería cantar una nana. Una nana que su propia abuela le había cantado hace mucho, mucho tiempo.

Pero la canción no quería venir. Vendela recordó un trocito. La la… algo sobre un barco. Algo sobre una estrella. Y después… no, se había ido otra vez. Todo se quedó callado dentro de su cabeza. Cerró los ojos e intentó recordar. Buscó en su corazón. Pero allí solo había silencio. Susurró: 'Ay, cancioncita, ¿adónde te has ido?'

Vendela suspiró bajito. Acarició la manita del nieto con un dedo. 'Duerme bien igual, mi amor,' susurró. Apagó la lámpara. Clic. Solo brillaba la luna ahora, grande y redonda al otro lado de la ventana. Su luz era blanca como la plata y muy tranquila. Caía sobre la colcha. Caía sobre los hombros de Vendela. Todo estaba muy, muy callado.

Allá arriba en el cielo, la luna había estado escuchando. La luna siempre escucha, cada noche. Oye todos los pequeños susurros aquí abajo en la tierra. Oye a los niños quedándose dormidos. Oye a los gatos ronroneando. Oye a las mamás tarareando. Y la luna se acordaba. Se acordaba de una nana de hace muchísimo, muchísimo tiempo. La misma canción que Vendela había olvidado. La había guardado dentro de su luz.

La luna pensó un ratito. Después sonrió suavemente. 'Esta noche,' pensó, 'la canción puede volver a casa.' Despacio bajó un hilo de plata hacia la casa. El hilo era fino como una telaraña y brillante como la luz de la luna. Se deslizó por la noche sin hacer ni un solo ruido. Pasó las nubes. Pasó a un pajarito soñoliento. Abajo, abajo, hacia la pequeña casa amarilla.

En el hilo iba una mariposita nocturna pequeñita. Era gris como la niebla y suave como una nube. Sus alitas eran pequeñas como pétalos. Dentro del aleteo de sus alitas vivía una canción. Justo la canción que Vendela había olvidado. La mariposita la sabía de memoria. La había llevado mucho tiempo. Ahora la llevaría a casa.

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

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