Las gachas dulces

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Una tarde suave, una niña amable llamada Linnea caminaba a casa por el prado. El sol se hundía tras las colinas y el cielo se volvía rosado como una manzana. Linnea se ajustó el chal y pensaba en gachas calientes. Entonces vio a una abuelita amable sentada en un tocón con una pequeña olla de barro en el regazo. 'Ven aquí, pequeña amiga,' dijo la abuelita, y sonrió.

La abuelita le tendió la pequeña olla. 'Esta olla es mágica,' susurró. 'Di “Cocina, ollita, cocina” y hará gachas dulces. Di “Para, ollita, para” y descansará otra vez.' Linnea practicó las palabras en voz bajita. Luego dio las gracias a la abuelita y llevó la olla con cuidado hacia la pequeña casita.

En la cocina calentita, Linnea dijo: 'Cocina, ollita, cocina.' Al instante burbujearon gachas dulces, y ella y mamá comieron hasta saciarse. Una tarde Linnea salió, y a mamá le entraron ganas de gachas. Dijo las palabras para cocinar, pero olvidó las palabras para parar. Las gachas burbujearon y burbujearon hasta que toda la cocina se llenó de vapor dulce, y la gata lamía contenta las gachas del suelo.

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

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