La estrella de mar de los deseos

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Era una tarde junto al mar. El sol casi se había puesto, y el cielo era rosa y morado como una flor. Una niña pequeña que se llamaba Liv caminaba por la playa. La arena estaba fresca bajo sus pies. Las olas decían shhh, shhh, muy bajito.

Liv buscaba conchas. Se agachó y miró en una pequeña charca de agua entre las rocas. Había cangrejos diminutos y piedras lisas. Pero en el fondo de la charca había algo más. Algo que brillaba. Algo que centelleaba como una estrella bajo el agua.

Liv metió la mano con cuidado en el agua fresca. Sacó algo blando y cálido. ¡Era una estrella de mar! Una pequeña estrella de mar con cinco brazos, y brillaba como un farol. Liv contuvo la respiración. Nunca había visto nada tan hermoso.

Entonces Liv oyó una vocecita pequeñita. Sonaba como el viento susurrando entre la hierba. 'Hola, Liv,' dijo la voz. Liv miró a su alrededor. ¿Eran las olas? ¿Eran las gaviotas? No. Era la estrella de mar. Hablaba con una voz que centelleaba, tan pequeña como ella misma.

'Me has encontrado,' dijo la estrella de mar. 'Y por eso puedes pedir un deseo. Solo uno. Solo algo pequeño. Piensa con calma, Liv.' Liv se sentó en la piedra cálida. Un pequeño deseo. ¿Qué iba a desear? Podría desear tantas cosas.

'Quizás,' pensó Liv, 'quizás una piedrecita bonita.' Miró las piedras de su alrededor. Eran lisas y hermosas. Una piedra lisa podría rodar en su bolsillo e ir con ella a todas partes. Pero la estrella de mar esperaba en silencio, y Liv sintió que quería desear algo aún más bonito.

'O,' siguió pensando Liv, 'quizás un pequeño cangrejo de arena que sea mi amigo.' Vio a un cangrejo corretear de lado por la arena. Era gracioso. Pero quizás un cangrejo preferiría vivir en el mar antes que con ella. Liv no quería poner triste a ningún ser pequeño.

Liv miró al cielo. La luna acababa de salir. Era redonda y brillante como un plato de plata. 'Quizás,' susurró Liv, 'quizás pueda oír cómo suena la luna.' La estrella de mar sonrió un poquito. Pero Liv sintió que tampoco era lo correcto. Pensó y pensó.

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

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