La brújula en el árbol hueco

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Una tarde, cuando las sombras empezaban a estirarse largas sobre la hierba, la abuela estaba sentada en su silla de la cocina y hablaba de una brújula de latón que había perdido cuando era niña. Sus ojos brillaron un poco al mencionarla, como si la brújula aún apuntara a algún lugar dentro de ella. Astrid, que tenía doce años, escuchó con atención. Su hermano pequeño Bo, de siete años, contuvo la respiración. '¿Dónde la perdiste, abuela?' preguntó Astrid al fin. La abuela miró por la ventana hacia el bosque y sonrió. 'En el árbol hueco,' dijo. 'Pero fue hace mucho tiempo. Seguro que ya no está allí.'

Astrid y Bo intercambiaron una mirada. Esa mirada no necesitaba palabras. Cuando la abuela se quedó dormida en su butaca, se pusieron las botas, ajustaron bien las chaquetas y tomaron una linterna pequeña, una manzana y una navaja de mango de madera que su padre le había regalado a Astrid. 'Solo iremos hasta el árbol,' susurró Astrid, 'y volveremos antes de que salgan las estrellas.' Bo asintió con seriedad, como si tuviera una misión muy importante. El bosque empezaba justo detrás del manzano de la abuela. Un sendero serpenteaba entre los abedules, y desde allí sabían que el roble se alzaba en algún lugar muy adentro, donde el musgo era más espeso.

El sendero era blando bajo las botas y olía a lluvia y a resina de pino. Bo iba delante y señalaba todo lo que veía: una seta amarilla, la huella de un corzo, una telaraña que colgaba como un collar entre dos ramas. Astrid lo dejaba ir primero, porque sabía que el bosque se sentía menos grande cuando se podía señalar. Al cabo de un rato llegaron a un arroyo. No era profundo, pero sí ancho, y el agua gorgoteaba bajo las piedras. Sobre el arroyo había un pequeño puente de madera cubierto de musgo, tan viejo que el musgo había crecido por encima de la barandilla.

'¿Crees que aguantará?' susurró Bo. Astrid puso una mano sobre la barandilla y la probó. La madera estaba húmeda pero firme. 'Lleva mucho tiempo aquí,' dijo. 'Nos sostendrá.' Cruzaron paso a paso, y el puente suspiró suavemente bajo sus pies como si acabara de despertar. A mitad del puente, Bo se detuvo y miró el agua. Un pececito plateado pasó temblando y desapareció bajo una piedra. 'Hola,' le susurró Bo al pez. Astrid sonrió. Al otro lado del puente el bosque pareció cambiar enseguida, más secreto, como una habitación en la que uno acaba de entrar.

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

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