El gorrión de la lengua cortada

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Hace mucho, mucho tiempo, en una pequeña casa de Japón, vivían un anciano y su esposa. El anciano era amable y paciente, pero su esposa era arisca y peleona desde la mañana hasta la noche. Como no tenían hijos, el anciano cuidaba a un pequeño gorrión amaestrado para tener compañía. La llamaba Suzume San, señorita Gorrión, y la quería como si fuera su propia hija. Cada tarde, al volver del trabajo en los campos, abría la jaula y la dejaba volar libre por la habitación. Le enseñó a inclinar su cabecita, y ella aprendió muy rápido.

Una mañana el anciano salió a cortar leña en el bosque, y la anciana se quedó en casa para lavar la ropa. El día anterior había preparado un gran cuenco de almidón de arroz para almidonar la ropa. Pero cuando fue a buscarlo, el cuenco estaba completamente vacío. '¿Quién ha robado mi almidón?' rugió. En ese momento el pequeño gorrión bajó volando de su percha, inclinó su cabecita emplumada con toda la cortesía que había aprendido, y trinó: 'Fui yo quien lo comió. Creí que era comida para mí. Por favor, perdóname, pío, pío, pío.'

Pero la anciana no quiso perdonar. Nunca había querido al gorrión, y ahora por fin tenía un motivo para enfurecerse. '¡Cogiste mi almidón con esa lengua!' gritó. '¡Pues sabrás lo que es vivir sin ella!' Tomó las tijeras de la mesa, atrapó al pajarito con sus manos duras y le cortó la lengua. Luego echó al gorrión por la puerta sin pensar siquiera adónde iría la pobre criatura. Suzume San voló temblando sobre los arrozales, muda y sangrando, mientras la anciana volvía a su almidón, siempre refunfuñando.

Por la tarde el anciano volvió del bosque. Como siempre, esperaba que Suzume San saliera a su encuentro, trinando alegre, y se posara en su hombro. Pero la casa estaba en silencio. '¿Dónde está mi gorrioncito?' preguntó con inquietud. La anciana al principio fingió no saber. Pero el anciano no se dio por vencido, y al fin ella se lo contó todo: cómo el gorrión se había comido el almidón, cómo ella misma le había cortado la lengua y la había echado. Hasta le mostró aquella lengüecita. '¿Cómo pudiste ser tan cruel?' susurró él, y una gran tristeza le llenó el corazón.

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

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