El muchacho que fue al Viento del Norte

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Muy al norte, donde los pinos crecían apretados y los tejados estaban cubiertos de áspera pizarra gris, vivía una vieja viuda con su hijo. No tenían mucho. Una casita con una sola ventana, una estufa que humeaba cuando soplaba el viento, y arriba, bajo el tejado, una despensa donde guardaban la harina en un arcón de madera. La madre estaba débil y ya no podía subir las escaleras, así que el muchacho tenía que ir él mismo a por la harina. Una mañana, cuando el cielo estaba pálido y el viento se enroscaba en las esquinas de la casa, cogió el cuenco de madera, se ató su pequeña gorra roja y subió a la despensa a buscar harina para las gachas.

El muchacho abrió la puerta de la despensa, hundió el cuenco en el saco de harina y lo llenó hasta el borde. Luego volvió a salir a la escalera. Pero justo entonces, ¡fffhuuuuu!, el Viento del Norte llegó corriendo entre los pinos, sopló y resopló con los carrillos hinchados, y barrió toda la harina del cuenco y se la llevó por el aire. El muchacho se quedó mirando. El cuenco estaba vacío. Volvió a entrar y lo llenó de nuevo. Salió a la escalera. Y ¡fffhuuuuu!, ahí volvió el viento y le quitó la harina por segunda vez. Entró por tercera vez, con cuidado, y puso la mano como un tejadillo sobre el cuenco. Pero no sirvió de nada. El Viento del Norte sopló, y la harina del muchacho voló sobre el bosque por tercera vez.

Entonces el muchacho se enfadó. Pateó la escalera hasta que el cuenco repiqueteó. 'Esto no está bien,' se dijo en voz alta. 'No tenemos en casa más que esa harina, y el Viento del Norte se la lleva cada vez. Pues iré yo mismo a visitarlo y le pediré que me la devuelva.' Colgó el cuenco de un clavo junto a la puerta, se ató la gorra una vez más y se puso en camino. El camino era largo. Pasó junto a charcas oscuras que reflejaban el cielo, junto a piedras cubiertas de musgo y abetos enmarañados, junto a senderos donde sólo se veían las huellas de la liebre. Caminó un día entero y un trecho más, y sólo bien entrada la noche llegó a la gran casa del Viento del Norte, construida con troncos azules, con veletas en el tejado que giraban en todas las direcciones a la vez.

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

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