La niña que intercambiaba sueños con un dragón
Narrado en sueco, inglés, noruego
Texto para leer en español, inglés, sueco, noruego, danés, finés y alemán.
Narrado en sueco, inglés, noruego
Texto para leer en español, inglés, sueco, noruego, danés, finés y alemán.
El verano en que Ines cumplió ocho años, vivió con su abuela junto al lago largo y tranquilo. Por las tardes el agua estaba tan quieta que las nubes se reflejaban en ella como sábanas recién lavadas. Detrás de la casa se alzaba un bosque de pinos altos, y más allá del bosque, donde casi nadie iba, había un acantilado gris con una abertura oscura en un costado. La abuela lo llamaba la Cueva, siempre con C mayúscula, como si tuviera un nombre propio.
'Allí, en el acantilado, duerme alguien muy viejo,' dijo la abuela una tarde mientras se sentaban en los escalones del porche con sendas tazas de leche caliente. 'Lleva mucho tiempo durmiendo. No lo molestes, pero tampoco hace falta que le tengas miedo.' Ines miró hacia la roca. Una luz suave del sol poniente teñía la piedra de rosa. '¿Quién es?' preguntó. La abuela sonrió y sopló su leche. 'Un dragón,' dijo, tan tranquila como si hubiera dicho un zorro o un alce.
Un dragón. Ines paladeó la palabra toda la noche. Había creído que los dragones solo vivían en los libros, no junto al lago de la abuela. A la mañana siguiente caminó a lo largo del agua, rodeó la pequeña bahía, atravesó el pinar y llegó al acantilado. La Cueva era más ancha de lo que había imaginado. La abertura era alta como un portal. Desde dentro llegaba un olor a piedra caliente y a otra cosa más, algo más antiguo, como lluvia sobre hojas secas.
Se atrevió a dar unos pasos dentro. Allá al fondo, en la oscuridad, percibió una respiración suave y lenta, como respira el mar cuando duerme. Vio el borde de un hombro enorme cubierto de escamas oscuras y una cola enrollada como una serpiente quieta. El dragón estaba allí de verdad. Y era inmenso. Ines pensó que debería tener miedo, pero no lo tuvo. Aquella respiración lenta era el sonido más tranquilo que jamás había oído.
Aquella tarde, cuando la abuela se quedó dormida en su mecedora, Ines volvió a la cueva. No tenía un plan. Solo tenía en el pecho la sensación de querer contarle algo a alguien que escuchara mientras dormía. Se detuvo justo fuera de la abertura y susurró. Susurró sobre un sueño que había tenido la noche anterior: que había volado sobre una gran ciudad donde todas las casas estaban llenas de cometas de papel, miles de cometas de papel de todos los colores, meciéndose en una brisa suave.
Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado
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