El príncipe rana

Lee el principio

Había una vez una joven princesa que vivía en un gran castillo al borde de un bosque verde oscuro. Una hermosa tarde se puso su gorrito y sus zuecos de madera y salió a pasear sola entre los árboles. El sol brillaba cálido entre las hojas, y los pájaros cantaban desde las ramas altas. En lo profundo del bosque había un manantial fresco cuya agua era clara como el cristal y fría como la nieve. Allí se sentó la princesa sobre una piedra cubierta de musgo para descansar. En la mano llevaba su juguete más querido, una pelota de oro que brillaba al sol. La lanzaba al aire y la atrapaba una y otra vez, riendo en voz alta en el bosque silencioso.

Una vez lanzó la pelota demasiado alto. Se le escapó de entre las manos, rebotó una vez en la piedra y rodó hasta el agua oscura del manantial. La princesa corrió y se asomó por el borde, pero el manantial era tan hondo que no podía verse el fondo. La pelota había desaparecido. Entonces se puso a llorar, y sus lágrimas cayeron en el agua fresca. 'Ay,' sollozó, 'si pudiera recuperar mi pelota de oro, daría todo lo que tengo, mis bonitos vestidos, mis perlas y todas mis joyas. Daría entero mi pequeño mundo.' El bosque escuchaba en silencio, y el viento apenas movía una sola hoja.

De pronto, una cabeza gorda y reluciente salió del agua, mojada y con grandes ojos amarillos. Era una rana. 'Princesa, ¿por qué lloras con tanta amargura?' preguntó la rana con una voz suave y clara. La princesa se secó las lágrimas y respondió, entre asombrada y enfadada: 'Ay, ¿qué puedes hacer tú por mí, rana fea? Mi pelota de oro ha caído en el manantial, y ahora yace muy abajo, en la oscuridad.' La rana la miró con calma. 'No me importan tus perlas, ni tus joyas, ni tus bonitos vestidos,' dijo. 'Pero si me quieres y me dejas vivir contigo, comer de tu platito de oro y dormir sobre tu almohada, te traeré la pelota de vuelta.'

'Qué tonterías dice esta rana boba,' pensó la princesa para sí. 'No podrá salir nunca del manantial para visitarme. Bien puedo prometerle lo que pida, con tal de recuperar mi pelota.' Y dijo con voz risueña: 'Sí, sí, querida rana, si me traes la pelota, haré todo lo que me pidas.' La rana asintió satisfecha y metió la cabeza bajo el agua. Se sumergió hondo, hondo, tan hondo que la princesa creyó que ya no volvería. Pero al cabo de un momento sacó de nuevo la cabeza, y entre la boca llevaba la pelota de oro. La lanzó con cuidado al borde cubierto de musgo, y la pelota rodó hasta los pies de la princesa.

Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado

Escúchalo en la app