El primer día de Pinocho
Narrado en sueco, inglés, noruego
Texto para leer en español, inglés, sueco, noruego, danés, finés y alemán.
Narrado en sueco, inglés, noruego
Texto para leer en español, inglés, sueco, noruego, danés, finés y alemán.
Hace mucho tiempo, en una pequeña aldea de Italia, había un trozo de leña. No era una leña fina, solo un tronco corriente de los que se echan al fuego en invierno. Una mañana el tronco fue a parar al taller del carpintero maestro Antonio. Todos lo llamaban maestro Cereza, porque la punta de su nariz era redonda, roja y brillante como una cereza madura. –Este viene perfecto para una pata de mesa –dijo, levantando el hacha. Pero justo cuando iba a dar el primer golpe, oyó una vocecita que suplicaba: –¡Por favor, no me pegues tan fuerte!
Maestro Cereza miró por todas partes. ¿Bajo el banco? Nadie. ¿En el armario? Nadie. ¿Entre las virutas? Nadie. Sacudió la cabeza y empezó a cepillar. Entonces la misma voz se rió: –¡Para! ¡Me haces cosquillas en la barriga! El maestro Cereza se sentó de golpe en el suelo, muerto de miedo. En ese mismo instante alguien llamó a la puerta. Era su viejo amigo Geppetto, que venía a pedir un trozo de madera. Quería tallarse una marioneta capaz de bailar, esgrimir y dar volteretas, y viajar con ella por el mundo. Maestro Cereza le entregó enseguida aquel extraño tronco, y se alegró de librarse de él.
Geppetto vivía en un cuartito en la planta baja, con una silla vieja, una cama desvencijada y una mesa coja. En la pared frente a la puerta había un fuego pintado, y encima un puchero pintado, de modo que casi parecía que el vapor subía de verdad. Pero fuego de verdad no había, ni comida de verdad tampoco. Geppetto sacó sus herramientas y se puso enseguida a tallar. –¿Cómo te llamaré? –murmuró–. Creo que te llamaré Pinocho. Ese nombre te traerá suerte. Después talló el pelo, la frente y los ojos. Apenas estuvieron listos, los ojos se movieron y lo miraron fijamente.
Después Geppetto talló la nariz. Apenas estuvo terminada, empezó a crecer. Crecía y crecía y crecía, hasta hacerse tan larga que parecía no tener fin. Geppetto cortaba y cortaba, pero cuanto más cortaba, más larga se ponía la nariz. Al final la dejó tranquila. Luego talló la boca, y la boca empezó enseguida a reírse de él y a sacarle la lengua. Geppetto suspiró y siguió: la barbilla, el cuello, los hombros, la barriga, los brazos, las manos. Y justo cuando iba a dar el último toque a las puntas de los dedos, notó que alguien le arrancaba la peluca de la cabeza. Pinocho la sostenía triunfante en alto.
Sigue el cuento en Fabeligo, narrado e ilustrado
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